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Sobre La Tahona

un lugar emblemático

A propósito de la naturaleza y de los encantos que ella reserva a quienes la buscan y la aman, André Maurois, el escritor francés desaparecido no ha mucho tiempo, escribió estas palabras: “El gran paisaje provoca la sinceridad; nuestras cosas, que parecen tan pequeñas, se confiesan”. Sí: y es en ese deseo de exteriorizar pequeñas cosas interiores, el que renació en nosotros hace pocos días, durante el retorno a la vieja atahona serrana que, a pocos kilómetros de la ciudad, recibe, con la belleza de su paisaje hospitalario, a quienes gustan admirar el testimonio de una larga militancia temporal y la generosa ofrenda de un retazo vivo de la historia regional.

Desde el atalaya de alguna de las cumbres próximas, su masa blanca incrustada en la base de la honda quebrada de la sierra, parece agacharse bajo el peso de las dos grandes alas de su techumbre, hoy rojizo poncho tendido sobre el verde claro del campo y el verde negro del monte nativo que protege su espalda.

Así esconde a la primera mirada, su más puro encanto, que el viajero descubre recién, cuando al intentar rodearla, surge como una visión antigua, el rincón donde confluyen la arquitectura de piedra y la naturaleza agreste que la ampara y sostiene.

Junto a una de las cañadas buscadoras, entre las caídas de la sierra, de la llanura que precede al mar, la mano de la historia talló en la roca viva, el camino del agua hacia la turbina, ubicada bajo un ángulo del edificio, al que da relieve el viejo arco romano, en piedra rústica, por donde el agua, cautiva de un instante, recobra su antigua libertad. Cae, entonces, victoriosa, en la breve cascada que la vuelve torrente y luego se abre, serenamente, en el remanso, verdadera piscina natural que sorbe por igual, con atracción de luz, la mirada y el cuerpo del viajero.

Piedra, campo, monte y agua, armonizados por el hombre, hacen del paisaje un milagro suspendido en el tiempo.

Hilo de agua, cascada, torrente y remanso objetivan, en su diálogo de luz y movimiento, las vivencias del favorecido espectador. Tras la inquietud inicial, la no contenida admiración, el estallido y luego, esa calma infinita, esa paz interior, nacida de haber dejado que el paisaje y el tiempo, se lleven el pesado fardo del rutinario vivir.

Cuando la mirada se tiende sobre el monte, la mole de la sierra la detiene en su horizonte pétreo y la devuelve al hermoso casi sueño, de una paz anterior a todos los aconteceres.

Tras las puertas de aquel centenario baluarte del trabajo rural, esperan  al viajero, intactas aún, las dependencias del viejo molino lugareño; junto a la pieza que debió oficiar de recepción, nace la escalera, en arcos de piedra, que conduce al sótano donde aún esperan el impulso del agua, las dos inmensas piedras: la fija y la móvil. Por entre ellas anduvo por años y hace años, el trigo comarcano, en marcha hacia su destino de pan.

Las espesas paredes de piedra y la recia techumbre de madera labrada, conocieron el tibio aroma de la molienda y asistieron al diálogo de unos hombres que hablaban de arrobas y fanegas, cuartillas y reales, onzas y patacones.

Alguien tendrá que escribir, alguna vez, la historia veraz de estos jalones de la evolución de nuestras cosas, con la documentación que acredite su autenticidad.

Entre tanto, a quien se acerca a este lugar de privilegio que ignoran los turistas, le queda el placer de inventar aquella historia, viendo descender por los estrechos senderos, en vacilante andar, la rústica carreta tirada por dos bueyes, donde hecha trigo, viajaba hacia la atahona, la esperanza de un año de labor, o imaginar la escena donde la cosecha y la industria pactaban, en palabras tan sólidas como la piedra circundante, las condiciones económicas de la molienda.

La historia y la estampa merecen y esperan, la pluma o el pincel que recojan en visión perdurable, su aún fragante mensaje.

Rosalío Pereyra. Audición Nº 853 –21 /2/1978.

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7 de octubre de 2020
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